Por razones que no vienen ahora al caso, esta semana he estado monotemático con la muerte. Dándole vueltas al asunto me ha venido a la memoria el neogranadino Andrés Caicedo, quien una vez afirmó que vivir más allá de los 25 años era una vergüenza, una insensatez. Fiel a su palabra, este joven escritor se suicidó ingiriendo pastillas del barbitúrico “Seconal” poco antes de cumplir los 26 años, en marzo de 1977. Demás está decir que su suicidio lo convirtió en el mito de una generación de colombianos y en el símbolo de una contracultura suburbana.
Vamos, que algo de razón no le faltaba. A los 25 estamos en la flor de la vida (si, frasecita cliché, ya lo sé, pero no se me ocurrió otra), llenos de vitalidad, confianza, expectativas, anhelos y metas, dispuestos a conquistar el mundo. Y entonces viene la vida y se encarga de patearte el trasero.
Tal vez uno debería morir joven, en pleno uso de las facultades físicas y mentales, antes que te abrumen las responsabilidades y la rutina del cotidiano vivir (¿o existir?), antes que te asalten las dudas y las preocupaciones sobre el futuro, la economía, y la política y, mejor aún, antes que la realidad te muestre su fea cara de miseria y maldad. Además ¿si supieras que te mueres a los 25 no vivirías a fondo, desesperadamente?... yo diría que sí....
Ya hablando en serio, no sé en qué estaría pensando Andrés Caicedo cuando decidió abandonar esta vida. Seguro no fueron las razones pueriles y baladíes que acabo de esgrimir. Pero lo que sea que haya sido, debió ser tan abrumador como para nublarle la razón y llevarlo a esa decisión. Sólo así se puede explicar que un alma atormentada opte por esa salida. Pero difícilmente se puede estar de acuerdo con esa idea.
Y es que al final de cuentas, el suicidio es una solución definitiva, y nada racional, a un problema temporal. Yo, que hace bastante rato pasé la curva de los veinticinco, prefiero asumir una perspectiva optimista y buscar mil causas para seguir viviendo, aún cuando a veces pareciera que están todos los motivos agotados. Un poeta del oriente venezolano, Manuel Osorio, encontró estas sencillas razones que creo son valederas:
Vamos, que algo de razón no le faltaba. A los 25 estamos en la flor de la vida (si, frasecita cliché, ya lo sé, pero no se me ocurrió otra), llenos de vitalidad, confianza, expectativas, anhelos y metas, dispuestos a conquistar el mundo. Y entonces viene la vida y se encarga de patearte el trasero.
Tal vez uno debería morir joven, en pleno uso de las facultades físicas y mentales, antes que te abrumen las responsabilidades y la rutina del cotidiano vivir (¿o existir?), antes que te asalten las dudas y las preocupaciones sobre el futuro, la economía, y la política y, mejor aún, antes que la realidad te muestre su fea cara de miseria y maldad. Además ¿si supieras que te mueres a los 25 no vivirías a fondo, desesperadamente?... yo diría que sí....
Ya hablando en serio, no sé en qué estaría pensando Andrés Caicedo cuando decidió abandonar esta vida. Seguro no fueron las razones pueriles y baladíes que acabo de esgrimir. Pero lo que sea que haya sido, debió ser tan abrumador como para nublarle la razón y llevarlo a esa decisión. Sólo así se puede explicar que un alma atormentada opte por esa salida. Pero difícilmente se puede estar de acuerdo con esa idea.
Y es que al final de cuentas, el suicidio es una solución definitiva, y nada racional, a un problema temporal. Yo, que hace bastante rato pasé la curva de los veinticinco, prefiero asumir una perspectiva optimista y buscar mil causas para seguir viviendo, aún cuando a veces pareciera que están todos los motivos agotados. Un poeta del oriente venezolano, Manuel Osorio, encontró estas sencillas razones que creo son valederas:
Aunque sea para soñar,
vale la pena este vivir.
Y si vivimos para amar,
¿por qué morir?
Aunque tengamos que llorar
y aunque tengamos que sufrir,
si llega el día de cantar,
¿por qué morir?
Si ella jamás ha de llegar.
Si ella jamás ha de existir.
Mientras la puedo desear,
¿por qué morir?
Si hay unos labios que besar
y una palabra que decir
y otra palabra que escuchar,
¿por qué morir?
Si siempre es hora de esperar,
y siempre es hora de partir,
y hay un camino por andar,
¿por qué morir?
¿POR QUÉ MORIR?
(Manuel Osorio Calatrava)
¿Naif?... ¿frívolas?... ¿color rosa adolescente?.... lo podemos discutir. Por lo pronto, esas razones me bastan para no convertirme en una estadística más de la OMS. Al fin y al cabo, no hay razón para adelantar lo que inexorablemente nos va a alcanzar.
"Suicide is painless" - Johnny Mandel and the MASH
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1 comentario:
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